El error que cometen los psicólogos perfeccionistas sin darse cuenta (y cómo corregirlo antes de que afecte a tu consulta)
No es trabajar más ni estudiar mejor. El perfeccionismo clínico tiene un error concreto que sabotea el tratamiento sin que lo veas venir.
El dato que incomoda
Un estudio de Egan, Wade y Shafran publicado en Clinical Psychology Review identificó el perfeccionismo clínico como factor de mantenimiento transdiagnóstico en trastornos tan distintos como la ansiedad, la depresión o los TCA. Lo interesante no es que aparezca en los pacientes, sino que los mismos investigadores señalaron que los terapeutas con altos niveles de perfeccionismo propio tienden a sobre-identificarse con ese patrón en consulta, lo que distorsiona silenciosamente la conceptualización del caso. No estamos hablando de empatía. Estamos hablando de contratransferencia encubierta en forma de rigor técnico.
El error que no parece error
Hay un error que cometen con frecuencia los psicólogos clínicos con altos niveles de autoexigencia, y es especialmente traicionero porque viene disfrazado de buena práctica: tratar de manera implícita el estándar del terapeuta como si fuera el estándar clínico correcto para el paciente.
Funciona así. Llevas años formándote, actualizas tus protocolos, supervisas tus casos, te lees las publicaciones recientes. Tienes un nivel alto de tolerancia al esfuerzo y una capacidad poco común para sostener la ambigüedad clínica. Y entonces entra un paciente que no hace las tareas de casa, que llega tarde por tercera vez, que dice que "ya lo intentará" sin ningún convencimiento. Y algo en ti se tensa. No lo dices, por supuesto. Pero empiezas a reencuadrar sus resistencias como déficit motivacional, a reforzar más la psicoeducación, a ser más directivo en las prescripciones. Más técnica. Más estructura. Más presión, disfrazada de intervención.
Lo que está pasando en realidad es que tu perfeccionismo personal está generando un sesgo en la evaluación de lo que el paciente "debería" estar haciendo. Y ese "debería" no viene del modelo, viene de ti.
Por qué ocurre esto: lo que explica el modelo de Gilbert
Paul Gilbert, desde la Terapia Centrada en la Compasión, describe cómo el sistema de logro y autoprotección puede activarse en el terapeuta como respuesta a la amenaza implícita de no estar siendo suficientemente eficaz. Cuando el paciente no mejora al ritmo esperado, el clínico perfeccionista no experimenta esto como información neutra: lo experimenta como evidencia de un fallo. Y el fallo activa el sistema de amenaza, que a su vez moviliza más esfuerzo, más control, más intervención. El problema es que ese aumento de intensidad técnica rara vez responde a lo que el paciente necesita. Responde a la regulación emocional del terapeuta.
Gilbert lo formula con claridad: la autoexigencia no regulada en el clínico bloquea el acceso al sistema calmante que es, precisamente, el que permite generar el vínculo terapéutico reparador. Un terapeuta en modo "rendir" no puede estar en modo "conectar". Y sin conexión, la técnica más sofisticada pierde la mitad de su potencia.
La confusión entre rigor clínico y autoexigencia disfuncional
Aquí conviene hacer una distinción que en la literatura se suele pasar por alto cuando se habla de perfeccionismo en profesionales de la salud mental. Shafran, Cooper y Fairburn, en su trabajo sobre el perfeccionismo clínico como constructo independiente, diferencian el establecimiento adaptativo de estándares elevados —que sí correlaciona con buenos resultados— del perfeccionismo disfuncional, que se caracteriza por la evaluación de la autoestima en función del logro de esos estándares y por la persistencia de los mismos incluso cuando su coste supera claramente su beneficio.
Un psicólogo riguroso ajusta sus estándares cuando la situación clínica lo requiere. Un psicólogo perfeccionista en sentido disfuncional mantiene sus estándares a pesar de la situación clínica, porque modificarlos se vive internamente como fracaso, no como flexibilidad.
La diferencia no está en el comportamiento observable. Está en la función que cumple ese comportamiento. Y esa distinción, que manejas perfectamente cuando trabajas con un paciente TOC o con un cuadro depresivo con rumiación, se vuelve sorprendentemente difícil de aplicar a uno mismo.
Cómo detectar que estás en ese patrón
Hay varias señales que merece la pena conocer, no como checklist de divulgación, sino como indicadores clínicamente informados. El primero es lo que podríamos llamar "sobre-preparación defensiva": dedicas más tiempo del razonable a preparar una sesión porque te genera ansiedad no tener controladas todas las posibles derivaciones de la conversación. No es dedicación; es evitación de la incertidumbre.
El segundo es la dificultad para tolerar los silencios terapéuticos sin interpretarlos como ineficacia propia. El silencio del paciente activa en ti la necesidad de intervenir, de rellenar, de demostrar que sabes lo que estás haciendo. Pero el silencio, como bien saben quienes trabajan con modelos experienciales o con el enfoque de Dan Siegel sobre la sintonía interpersonal, es a menudo el espacio donde ocurre el procesamiento real.
El tercero, y el más relevante para este artículo, es la tendencia a interpretar la lentitud del cambio como señal de que estás fallando, en lugar de como información sobre el caso. Cuando eso ocurre, la respuesta habitual del terapeuta perfeccionista es aumentar la intervención. Y paradójicamente, ese aumento puede estar dificultando exactamente el proceso que pretende facilitar.
La corrección: no es hacer menos, es hacer diferente
Corregir este patrón no implica bajar la guardia clínica ni relativizar la calidad del trabajo. Implica, en términos que reconocerás del modelo de Aceptación y Compromiso de Hayes, Strosahl y Wilson, desactivar la función de control que tiene la autoexigencia sobre tu comportamiento clínico y reconectarla con los valores reales que te llevan a hacer este trabajo.
Hay una intervención concreta que funciona bien como punto de partida, especialmente si te resulta difícil acceder a esa distinción en el calor de la sesión: al final de cada semana, elige uno o dos casos en los que hayas sentido esa tensión de "esto no está yendo bien" y hazte una sola pregunta: ¿esta evaluación parte de indicadores clínicos observables o parte de mi incomodidad con el ritmo del proceso?
La distinción no siempre es fácil. Pero hacerla de manera sistemática entrena algo que en la literatura de regulación emocional se llama distanciamiento adaptativo: la capacidad de observar la propia experiencia sin dejarse llevar por ella. James Gross, desde su modelo de regulación emocional, sitúa la reevaluación cognitiva —y no la supresión— como la estrategia más eficaz a largo plazo. Y lo que propongo aquí es exactamente eso: no suprimir la autoexigencia, sino reevaluar desde qué función está operando.
Supervisión y registro: las herramientas que más se abandonan
El perfeccionismo clínico se mantiene, en parte, porque operamos en soledad. La consulta privada en España tiene un problema estructural: la mayor parte del trabajo se hace sin apenas supervisión formal una vez pasados los primeros años de carrera. Y la supervisión, como recordaba McCullough en su trabajo sobre el sistema de análisis cognitivo-conductual, es el contexto donde más fácilmente se detecta la contratransferencia encubierta.
Si llevas tiempo sin supervisar tus casos de manera regular, ese puede ser exactamente el espacio donde tu perfeccionismo está operando sin revisión. No porque seas un mal clínico, sino porque los patrones más automatizados son los que más necesitan una mirada externa para hacerse visibles.
En ese mismo sentido, llevar un registro clínico cuidadoso —no burocrático, sino funcionalmente útil— ayuda a objetivar la evolución de los casos y a separar la percepción subjetiva de eficacia del dato real de progreso. Herramientas como Mainds, que muchos compañeros están usando para gestionar historiales y seguimiento de pacientes, pueden facilitar que esa información esté accesible y organizada sin añadir carga administrativa al final de una jornada ya densa.
Lo que está en juego si no lo corriges
El perfeccionismo clínico no corregido tiene un coste que va más allá del burnout, aunque ese ya sería suficiente razón. El coste clínico real es que distorsiona la alianza terapéutica. Los pacientes perciben, aunque no puedan nombrarlo, cuando el terapeuta necesita que mejoren para sentirse competente. Y esa percepción activa exactamente el tipo de dinámicas relacionales que en muchos casos son el núcleo del problema que están tratando de resolver.
Un paciente con apego ansioso que detecta la necesidad de aprobación implícita en su terapeuta no va a poder usar esa relación como base segura. Un paciente con historia de exigencia crítica no va a encontrar en esa consulta el contexto reparador que necesita. No porque hagas nada explícitamente mal. Sino porque el patrón relacional que proyectas sin saberlo es exactamente el que él ya conoce demasiado bien.
La pregunta que te dejo
La próxima vez que salgas de una sesión con la sensación de que "no ha ido bien", detente un momento antes de abrir el siguiente historial. Pregúntate si lo que evalúas es el progreso del paciente o tu propio rendimiento como terapeuta. No siempre la respuesta será cómoda. Pero esa incomodidad, bien gestionada, es exactamente el tipo de información que transforma a un clínico competente en un clínico realmente eficaz.