El error silencioso que cometen los buenos psicólogos: cuando la contratransferencia te hace trabajar de más
No es la contratransferencia hostil la que más daña tu trabajo. Es la que te hace sentir imprescindible.
El dato que incomoda
Un estudio publicado en Psychotherapy Research encontró que los terapeutas que reportaban mayor satisfacción con sesiones específicas tendían a sobreestimar el progreso real del paciente en esas mismas sesiones. No la hostilidad, no el aburrimiento: la satisfacción. El afecto positivo hacia el paciente, cuando no se analiza, distorsiona el juicio clínico tanto o más que el negativo. Esto no lo enseñan en la supervisión de primer año, y quizás debería ser lo primero que se dijera.
De qué hablamos exactamente cuando hablamos de contratransferencia hoy
El concepto ha viajado lejos desde que Freud lo describió como un obstáculo que el analista debía superar. La perspectiva contemporánea —que parte de trabajos como los de Heinrich Racker, y que ha sido refinada desde modelos relacionales e intersubjetivos— entiende la contratransferencia como información clínica: una respuesta emocional y somática del terapeuta que, correctamente leída, ilumina algo del sistema relacional del paciente.
Esto no es nuevo para ninguno de los que lleváis años en consulta. Pero conocer el concepto y gestionarlo en tiempo real son cosas distintas. El problema no es la ignorancia teórica: es la ilusión de que porque sabemos lo que es, ya no nos afecta de maneras que no vemos.
El error frecuente: la sobre-implicación benevolente
Hay un tipo de contratransferencia que los supervisores señalan poco porque es difícil de detectar sin sentirse atacado: la que emerge del rol de rescatador. No hablo de los casos dramáticos en que el terapeuta llama al paciente fuera de sesión o se excede en disponibilidad. Hablo de algo más sutil y más prevalente: el terapeuta que trabaja notablemente más que el paciente dentro de la sesión, que genera hipótesis brillantes que el paciente no pidió, que reformula, conecta y construye andamiaje clínico de manera activa mientras el paciente asiente.
Jeffrey Young, en su trabajo sobre terapia de esquemas, describe el modo de "protector desvinculado" en los pacientes, pero hay un fenómeno paralelo en el terapeuta: un modo de "experto hiperactivo" que se activa precisamente con los pacientes que más nos movilizan afectivamente, aquellos con historias de abandono temprano, trauma complejo o sistemas de apego profundamente dañados. Con ellos, el terapeuta siente el impulso genuino —y clínicamente peligroso— de compensar lo que el mundo no les dio.
Paul Gilbert, desde el modelo de Terapia Focalizada en la Compasión, señalaría que este patrón tiene una base en el sistema de cuidado del propio terapeuta: nuestro sistema afiliativo se activa ante el sufrimiento del otro y puede desequilibrar la ecuación terapéutica. El antídoto no es la frialdad, sino la compasión con sabiduría, que incluye sostener la frustración del paciente sin quitársela de encima.
Por qué este error es especialmente tramposo
La sobre-implicación benevolente no duele. No genera el malestar que sí produce la contratransferencia negativa —el aburrimiento, la irritación, el rechazo. Al contrario: se siente bien. El terapeuta sale de esas sesiones con una sensación de haber hecho algo importante, de haber "llegado" al paciente. El paciente, por su parte, puede reportar que la sesión fue útil sin que haya habido cambio real en sus patrones de acción fuera de consulta.
Aquí es donde el modelo de activación conductual y el énfasis de Hayes en la flexibilidad psicológica nos dan una herramienta: la pregunta no es si el paciente se siente mejor en sesión, sino si su repertorio conductual está ampliándose en su vida. Un paciente que lleva doce meses en terapia, valora mucho las sesiones y sigue sin tomar ninguna de las decisiones que trae semana a semana debería activar una señal clínica. Muchas veces no lo hace porque el terapeuta también está cómodo en esa dinámica.
Van der Kolk, en su trabajo sobre trauma, describe cómo los pacientes con trauma complejo tienen una capacidad especial para evocar en el terapeuta respuestas parentales intensas. No es manipulación: es el resultado de patrones de apego disfuncional que se replican relacionalmente. Porges añadiría que estos pacientes nos ponen en un estado de co-regulación que puede ser terapéutico en sí mismo, pero que no reemplaza el trabajo de autonomía regulatoria que el paciente necesita desarrollar.
Cómo detectarlo en tu propia práctica
La supervisión es el espacio ideal, pero no siempre está disponible o se usa con suficiente honestidad. Hay señales más inmediatas que conviene revisar con regularidad:
Primero: ¿Con qué frecuencia te sorprendes pensando en un paciente concreto entre sesiones, generando nuevas hipótesis o planificando intervenciones? La reflexión entre sesiones tiene valor, pero cuando se convierte en preocupación recurrente sin que el paciente haya presentado una crisis, es información sobre ti, no sobre él.
Segundo: ¿Cuánto espacio hay de silencio en tus sesiones con ese paciente? El silencio sostenido incomoda a los terapeutas con contratransferencia activa porque activa el impulso de llenar, de ofrecer, de solucionar. Medir literalmente el tiempo que tardas en hablar después de que el paciente termina una frase puede ser revelador.
Tercero: ¿Has aplazado alguna vez el trabajo de devolución difícil —confrontar una evitación, señalar un patrón disfuncional, marcar un límite terapéutico— con la justificación de que "aún no estaba listo"? La pregunta es legítima clínicamente, pero cuando se repite durante meses, merece examen.
La corrección: no es distancia, es presencia diferente
El error de corrección más común cuando un terapeuta identifica este patrón es el péndulo: pasar de la sobreimplicación a una reserva rígida que el paciente experimenta como abandono. Eso es especialmente dañino con pacientes con patología del apego o estructura límite, tal como señala Linehan en su trabajo sobre dialectismo: la síntesis no está en ninguno de los extremos.
La corrección útil opera en tres niveles. El primero es metacomunicativo: nombrar en sesión, cuando es apropiado, el patrón relacional que está ocurriendo. No como confesión del terapeuta, sino como observación del sistema. "Me doy cuenta de que suelo traer yo las conexiones antes de que tú tengas espacio para encontrarlas. Quiero que hoy te dé ese espacio, aunque al principio haya más silencio del habitual."
El segundo nivel es técnico: ajustar deliberadamente el ratio de habla en sesión durante varias semanas. Esto no es un ejercicio artificial: es reinstaurar las condiciones para que el paciente ejerza agencia. McCullough, desde el CBASP, habla de la importancia de que el terapeuta no contamine el análisis situacional del paciente con sus propias interpretaciones prematuras. La idea es que el paciente llegue a sus propias conclusiones; el terapeuta que ya tiene la respuesta lista la boicotea aunque lo haga con buena intención.
El tercer nivel es de supervisión o autoexploración sistemática: no basta con detectar el patrón una vez. Conviene revisar periódicamente qué pacientes te generan más activación positiva y qué tipo de dinámica has construido con ellos. Muchos colegas utilizan ya plataformas como Mainds para registrar sus notas clínicas sesión a sesión; revisar esas notas buscando marcadores de sobre-actividad del terapeuta (número de hipótesis propuestas, intervenciones directivas, ausencia de silencios anotados) puede darte datos más objetivos que la memoria retrospectiva, que tiene todos los sesgos en contra.
Un caso para reconocer el patrón
Sin entrar en detalles identificativos: una colega en supervisión trajo un caso de un paciente varón de 38 años con historia de abandono paterno, que llevaba dieciocho meses en terapia. La sesiones fluían, el paciente hablaba bien de ella, y sin embargo no había cambio funcional observable. Cuando revisamos las transcripciones que ella había anotado, el patrón era claro: ella intervenía antes de que él completara su propio razonamiento. No lo interrumpía, pero llegaba milisegundos después con una reformulación que ya incorporaba la conclusión a la que él debería llegar solo.
El paciente no tenía que trabajar. Y no trabajando, no aprendía que podía. La dependencia terapéutica se mantenía no porque él se aferrara sino porque el sistema lo sostenía sin tensión. Cuando mi colega comenzó a modificar ese patrón —con torpeza al principio, con momentos incómodos—, el paciente se frustró, lo verbalizó, y por primera vez en meses apareció algo nuevo en sesión: su propio criterio emergiendo bajo presión.
Lo que nadie dice en las formaciones
La contratransferencia benevolente es más difícil de trabajar que la hostil porque implica revisar algo que consideramos una virtud: el cuidado. Tocar eso activa defensas identitarias potentes. Ninguno de nosotros quiere pensar que su dedicación puede estar al servicio de su propia regulación emocional más que del progreso del paciente.
Pero la clínica honesta exige esa pregunta. No como ejercicio de flagelación, sino como higiene profesional. El terapeuta que trabaja demasiado en sesión no está siendo más profesional: está siendo menos eficaz y, en muchos casos, está privando al paciente de la experiencia que más necesita: descubrir que él mismo puede.
La próxima vez que salgas de una sesión sintiéndote especialmente satisfecho de lo que aportaste, detente antes de cerrar el historial. Pregúntate cuánto habló el paciente y cuánto hablaste tú. Qué generó él y qué generaste tú. No para castigarte, sino para saber exactamente qué está pasando en esa sala. Ese momento de pausa honesta es, probablemente, el trabajo de supervisión más inmediato que tienes disponible.